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González-Gordon: Vinateros por excelencia

Siguiendo el rigor que el orden alfabético establece, hemos llegado a los González-Gordon, familia jerezana cuya impecable trayectoria de casi dos siglos ha labrado a fuego su apellido en la historia de Jerez. Es por lo que hacía tiempo que veníamos pensando en ella y en los interesantes miembros de sus pasadas generaciones, algunos de acusada personalidad, aunque la mayoría son gente inteligente y culta, que ha gustado de pasar por la vida con normalidad y sencillez, sin pretensiones ni afectaciones. Son características a las que se les suma su trayectoria laboral y empresarial, que ha permitido que su mundialmente famosa bodega haya ido creciendo y perdurando en el tiempo.


Hablar de todas sus generaciones sería prolijo e incluso oneroso en exceso, ya que, como decimos, son numerosos los miembros de esta familia que reúnen valores y características dignas de ser traídas a las páginas de LA VOZ y, por consiguiente, de ser destacados; para los que ya ha habido una periodista y escritora: Begoña García González-Gordon, quien, como miembro de esta familia, ha escrito un extraordinario libro que, a modo de Un paseo por González Byass, describe con minuciosidad a su extensa e interesante familia.


No por ello vamos a dejar de destacar a tres de sus miembros, los que, por méritos propios, genialidad y talento, merecen un espacio en nuestros artículos de Mis familias preferidas, pues consideramos oportuno que las nuevas generaciones conozcan a estos paisanos que, debido al gran amor que profesaban a Jerez y a nuestros vinos, han dejado una huella de su paso por la vida.

Corría el año 1955 ó 1956 cuando, inexplicablemente, en una pajarera que teníamos en casa entró un pajarillo por algún agujero de la tela metálica. Al avisar a mi padre del hallazgo y éste observar que sus dos finas patitas portaban sendas anillas, una de aluminio y otra amarilla de plástico, me dijo: «Este pajarillo lo tiene que ver un señor amigo mío que es ornitólogo». «¿Cómo se llama, papá?», le pregunté preocupado por saber en manos de quién caería aquel precioso pajarillo de remos amarillos y oscuro plumaje que la casualidad o el destino habían tenido la gracia de regalarme.

«Es un hombre –respondió– que se dedica al estudio de las aves y que nos descifrará qué significan los números y las letras que aparecen en las anillas, y se llama Mauricio González-Gordon».
Por aquellos años era cónsul de Dinamarca en Jerez, por lo que a veces visitaba la antigua cárcel situada en la plaza Belén, para conversar con algún súbdito danés condenado en la prisión, en la que mi progenitor era funcionario.

Portando aquel pajarillo en una pequeña cajita, acudí a la cita en la plaza de Belén, donde me sentaron al sol tras una de aquellas gruesas rejas de hierro que daban a la fachada principal. A los pocos minutos pude ver cómo un espigado señor subía de dos en dos los altos escalones de la escalera imperial que la cárcel tenía como acceso. Al entrar y verme sentado con la cajita sobre las piernas, me cogió en brazos y, felicitándome por el hallazgo, tomó con destreza al pajarillo al que describió de inmediato, explicándome que era una ave migratoria a la que, una vez tomada las siglas y numeración de las anillas, debía de dejar en libertad para que continuara su ruta al continente africano.
Al marcharse me estrechó de nuevo agradecido, haciéndome protagonista de la gesta. A los tres meses recibí una carta en la que se describía la especie, el lugar de procedencia, la fecha en que había sido anillada y la ruta migratoria que había descrito desde el norte del continente europeo hasta la azotea de mi casa. Concluía la carta agradeciéndome el gesto en nombre de una asociación ornitológica mundial y en el suyo propio. Aquellas deferencias marcaron la memoria y la sensibilidad de un niño que hoy escribe de él como una de las personas más interesantes y educadas que existen en nuestra ciudad.


De Hampton Hill a Jerez
Mauricio González-Gordon nació en Hampton Hill, Inglaterra, el 18 de octubre de 1923, ciudad en la que, por razones de trabajo residían sus padres, trasladándose a Jerez cuando apenas tenía tres años de edad.
Como era habitual entonces, estudió en su casa con profesores particulares, examinándose en el Instituto Padre Luis Coloma, donde acabó el Bachiller, ingresando en la Escuela Superior de Comercio de Jerez para graduarse como profesor Mercantil.
Una de las características que más ennoblecen su personalidad es su humanidad y empatía, valores a los que contribuyeron sus años como aprendiz de ajustador, ya que, cuando el hombre se enfrenta manualmente al hierro para con las herramientas darle forma, se traslada al principio de los siglos en los que el hombre con su inteligencia, la tierra, el agua y el fuego aprendió a modelar el barro y a trabajar el metal, marcando eras en las que se distinguió  y dignificó biológicamente.
Banco de trabajo
No hay nada más constructor de paciencia y de inteligencia práctica y manual que un banco de trabajo, en cuyo tornillo, el hierro pone a prueba al hombre quien con un juego de limas y un calibrador desarrolla fuerza, ponderación, equilibrio y destreza.
Después de varios años como aprendiz de ajustador en los talleres de La Parra, de colaborar en el montaje de los aviones y de verlos volar, dejó aquella ennoblecedora actividad para en 1942 matricularse en Sevilla en la Facultad de Ciencias Químicas, licenciándose en el año 1946. Aquel mismo año partió para California, donde entró en contacto con el profesor universitario Maynard A. Amerine, que llevaba años dedicado al estudio de la viticultura, con el que intercambió conocimientos sobre el apasionante mundo de la enología, la viña y la bodega.


A su vuelta a Jerez su vida ha transcurrido en las bodegas de Tío Pepe, donde ha ocupado diferentes y trascendentes cargos en los que ha desarrollado una excelente labor, siendo a su vez miembro del Consejo Regulador. En 1981 fue nombrado Capataz de Honor de San Ginés de la Jara. Y en 1993 fue elegido presidente, permaneciendo hasta 1996, fecha en la que es sustituido por su hijo.
Hombre polifacético


Pero, como reseñábamos al principio, González-Gordon es un hombre polifacético que practica otras artes, tal es la navegación a vela, en la que es un consumado marino, como también es un experto ornitólogo, traductor de las guías de las aves de España y de Europa, perteneciendo a varias sociedades ornitológicas y protectoras de la fauna y la flora mundial.
A lo largo de su vida ha sido distinguido con múltiples nombramientos, medallas y condecoraciones, como la Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco. En 1985, la Reina de Dinamarca lo nombró Caballero Dannebrog y posteriormente la Cruz Roja le concedió la Medalla de Oro por el apoyo prestado durante tantos años. Está en posesión de la Gran Cruz del Mérito Agrario, así como del Premio Especial de la Academia Española de Gastronomía. Y en la capital hispalense recibió el homenaje de la Academia Andaluza de la Gastronomía y el Vino. En el año 2003 fue nombrado miembro de la Gran Orden de Caballeros del Vino que otorga ICEX en la Embajada de Londres. En 2004 recibió el Premio Francisco Bernis de Ornitología. Y en 2005 le fue otorgada la Medalla de Oro al Mérito Enológico y la Junta le concedió el Premio Andalucía del Medio Ambiente.
Está casado con Milagros López de Carrizosa, de cuyo matrimonio son fruto Bibiana y Mauricio. En la actualidad esta propuesto para ser nombrado Hijo Predilecto de su ciudad, Jerez de la Frontera, honor sobradamente merecido.

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Recopilación de las más reconocidas y destacadas familias jerezanas

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