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Toros en El Puerto
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Monoencaste

Cualquier aficionado que haya observado la relación de ganaderías anunciadas esta temporada en El Puerto de Santa María, habrá podido comprobar que la absoluta totalidad de las mismas derivan del encaste de moda y casi exclusivo en la actualidad: Juan Pedro Domecq.

Desde que Juan Pedro, Salvador, Pedro y Álvaro se hicieron cargo en 1937 de la vacada creada por su padre a partir de ganado veragüeño y reses del Conde de la Corte, compraron la ganadería completa de Ramón Mora-Figueroa y decantaron el proceso selectivo por el, cada vez, más codiciado tronco de Vistahermosa. Nueva línea de sangre brava, de embestida uniforme y gran duración en la muleta, que se impuso definitivamente a una menguante raza vazqueña.

Pero en las últimas décadas hemos asistido a una desparición paulatina de insignes ramas de este tronco superviviente. Toros de la acreditada bravura y nobleza de procedencias Contreras o Murube-Urquijo, de la bella estampa y emotivo juego de los «patas blancas» de Vega-Villar, los encastados Gracilianos, Pedrajas o Villamarta, los armónicos y bravos Santa Coloma, y hasta los toros de encaste Núñez, preferidos hasta hace bien poco por las figuras, han desaparecido casi por completo de las plazas.

Nos queda el monoencaste Juan Pedro, en sus múltiples variantes y ramificaciones. Sólo los toros de procedencia Atanasio, que por su amplia anatomía pueden pasar sin problemas los reconocimientos, se encuentran en condiciones de competir con los Domecq en cosos de primera categoría. Por lo demás, para menoscabo de los buenos aficionados y complacencia de la torería, asistimos al triunfo absoluto de una única rama del otrora frondoso tronco de Vistahermosa. La diversidad de estampas, de comportamientos y de reacciones, que podrían ofrecer una baraja abierta de razas, han quedado hurtadas al espectador.

Sólo queda esperar, para el bien de la fiesta y de la temporada portuense, que los toros de Domecq embistan.

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