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Toros en El Puerto
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Con movilidad y emoción

En el año 1935 Leopoldo Sainz de la Maza, conde la Maza, formó la ganadería con reses de Juan Belmonte. En 1940 la aumentó con un lote de vacas de Gallardo y dos nuevos sementales de Juan Belmonte. En 1960 vendió la vacada a José Cebada Gago, y por fallecimiento de éste, en 1964, se anunció la ganadería a nombre de sus herederos.

El veterano ganadero Salvador García Cebada, sobrino de José, dirige desde entonces la ganadería. Incorporó cuarenta vacas de Carlos Núñez y una partida de hembras de Juan Pedro Domecq y de Torrestrella, así como sementales de este último.

Los toros de Cebado Gago gozan de gran predicamento entre los aficionados y a pesar de poseer un origen bastante similar al de otras ganaderías, el agresivo comportamiento que presentan y la fina y armónica estampa que los caracterizan, han logrado que se los considere ya como un encaste propio. De la sangre Núñez heredaron esa finura de cabos, lo astifino de sus pitones y esa gran variedad de capas que tanto llama la atención: además de los negros, castaños y colorados predominantes suelen aparecer ejemplares cárdenos, burracos, sardos o salineros.

Tras lidiar muchos años con escasa notoriedad, es a partir de la década de los ochenta cuando los toros de Cebada Gago aparecen con asiduidad en los carteles estelares de las grandes ferias y sus éxitos se suceden en plazas de la importancia de Dax, Zaragoza, Pamplona, Málaga y Sevilla. En 1990, Emilio Muñoz indulta en Algeciras al toro Comedia, e inaugura entonces una etapa de triunfos rotundos y sucesivos de una vacada que generaba reses que destacaban tanto por su extraordinario juego como por su encendida bravura. Los cosos de Beziers, Logroño o Valencia en 1992, Pamplona o Valladolid en 1994, Bilbao y Córdoba en 1997 constituyeron algunos de los escenarios donde los toros que partieron de La Zorrera mostraron su tradicional nobleza, casta y fogosidad.

Pero Salvador demostró siempre que ha sido ganadero en búsqueda constante de una bravura ideal y completa, de esa chispa y movilidad encastada que tan singulares convirtió a sus toros. Para él, las notas que todo ejemplar de su camada consiguiera en la tienta con el caballo poseían un valor primordial a la hora de la selección. Tal vez por ello, al alejarse un poco de los cánones establecidos en la mayoría de las ganaderías, que buscaban, casi de forma exclusiva, la nobleza y la boyantía con que los animales tomaban los engaños, las figuras del momento empezaron a rehusar los toros de Cebada Gago. Cierto es que a partir de 1999 aproximadamente, la vibrante alegría de sus embestidas fue trocando en genio y fiereza defensiva. Comportamiento que acabó por espantar de manera definitiva a lo más granado de la torería. A pesar de ello, de lo exigente y, en ocasiones, peligroso del comportamiento que adquieren los cebadas, éstos siguieron otorgando tardes de gloria como aquellas en que se premió con la vuelta al ruedo a Olivito y Tiranito en las plazas de Sevilla y Logroño.

Hace años que la ganadería de Cebada Gago quedó encuadrada, para bien y para mal, dentro del apartado de vacadas toristas. Con lo que cuenta con una legión de admiradores, que aclaman y ensalzan la movilidad y emoción que aportan sus toros, y con otro contingente no menor de aficionados que consideran que se tratan simplemente de astados avispados y peligrosos.

Animales de liviano esqueleto, fino de cabos y buidos pitones, les cuesta pasar el exigente fielato del reconocimiento en plazas de primera categoría. Después de 18 años sin pisar el ruedo de Las Ventas, este pasado San Isidro, por fin, tres oriundos de La Zorrera han dejado bien alto el honor de la vacada con un comportamiento que resultó razado, interesante y variado.

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